Justo ahora, cuando escucho en los medios de comunicación internacionales, la muerte de uno de los grandes escritores rusos, Alexander Soljenitzin, recuerdo su apasionante obra literaria, que refleja la dureza del régimen soviético y la necesidad de denunciarlo que sintió una de sus víctimas.
Precisamente Soljenitzin permaneció desterrado en las heladas tierras de Siberia, luego de ser condenado por un régimen que irrespetó todos los derechos humanos, prevalido de su poder omnímodo y a cuenta de hacer cambios, a cuenta de representar a millones de voluntades, gracias a una revolución que arrasó con todo e instauró uno de los regímenes más dictatoriales y sanguinarios de todos los tiempos.
"Archipiélago Gulag", la leí en los años universitarios, cuando leerlo era casi un pecado, en una universidad estatal de los años setenta, en la que predominaban los movimientos pro-soviéticos o pro-chinos, el tema me impactó grandemente, sirvió de material de discusión en el aula de clases, sobre todo con un viejo profesor de economía, anclado en las enseñanzas del bolchevismo mundial que luego demostró ser tan trasnochado como los regímenes que pretendía destronar.
Esta obra del autor recientemente fallecido, me marcó en el sentido de reforzar mi aversión por los regímenes totalitarios, por la imposición arbitraria de unos sobre otros, máxime cuando quienes se imponen son los detentores de toda la fuerza, de todo el poder, de todas las herramientas que ese poder coloca en sus manos, sobre todo cuando quienes hacen uso de él no conocen los límites que la cordura y el sentido común imponen.
Lamento la muerte de Soljenitzen, confieso que no estuve tan atenta en estos últimos años a lo que fué de su vida, luego de salir de su Gulag, del territorio marcado en el que le tocó vivir, la salida hacia el mundo occidental, que le fue concedida gracias al otorgamiento del premio nobel de literatura, y a la visibilización de su drama por miles de escritores de fuera del territorio soviético y por los medios de comunicación, pero me apena su partida, me habría encantado conocerlo y escuchar de sus labios las enseñanzas que aprendió de su dura experiencia, del saber a dónde los fanatismos de cualquier índole pueden conducir y lo terriblemente destructores que son para los pueblos que se dejan seducir por sus cantos de sirena.
Desde hace algunos años se viene hablando de la necesidad de integración, la Comunidad Andina de Naciones, que se inició como Acuerdo de Cartagena, es uno de los más antiguos intentos por aglutinar naciones que tienen temas en común, la cercanía geográfica, los ancestros culturales, los requerimientos de carácter económico.
Pero luego, el requerimiento de crear, de construir alianzas, hace que los países o los grupos de países decidan mirar más allá, atravesar los mares y encontrar que en otros continentes se pueden descubrir complementariedades, ganancias para las partes, situaciones que repercutan en la mejoría de la calidad de vida de sus habitantes.
Parecería que estos argumentos son los que mueven a los países miembros de la Comunidad Andina y a los de la Unión Europea, para buscar la generación de acuerdos que permitan un beneficio mutuo para las partes.
Esta temática ha venido conversándose en una serie de foros y reuniones que por momentos se aceleran y en otros semejan marchar a un paso mucho más lento, como que el interés se perdiera o fuera imposible superar algunas de las exigencias que las partes esgrimen.
Las recientes reuniones parecerían demostrar un interés mayor por parte de quienes conforman estos bloques de países, pero al mismo tiempo tenemos que estar conscientes de que si bien el gran mercado europeo constituye una oportunidad para los países andinos, hay también que abundar en cuidados para que temas importantes como protección de biodiversidad, preservación de los recursos de agua con los que contamos y que cada vez van a ser más codiciados por el mundo, no pueden quedar de lado.
De igual manera, no podemos dejar de recordar las frecuentes luchas que países como el Ecuador hemos sostenido sobre temas como el comercio del banano, con frecuentes llamadas de atención a los países Europeos por parte de la Organización Mundial del Comercio (OMC) para que se respeten los acuerdos internacionales y no se privilegie a otros países por sobre los derechos de los Latinoamericanos.
El camino no es nada fácil, varios países europeos mantienen subsidios agrícolas, lo que colocaría en desventaja a los agricultores de nuestros países. Temas como ese deben zanjarse para que llegue a concretarse un acuerdo con la UE, pero sobre todo, lo que debe avanzarse en una consolidación al interno de la propia CAN, porque será muy difícil negociar con un grupo de países que no lleva acuerdos previos entre los miembros y que por lo tanto no presenta un bloque común frente al otro grupo.
El camino no es fácil, sin embargo no debemos perder las esperanzas, recordemos que la ahora poderosa Unión Europea, nació de una más bien limitada y pequeña alianza, la del hierro y el acero, y de un comienzo más bien modesto a raíz de la conformación de Benelux, lo lógico sería entonces, que esta CAN que ya tiene suficientes años para no ser considerada ninguna adolescente, trabaje para consolidarse y supere las situaciones conflictivas que entre sus miembros se han producido.
ROSALIA ARTEAGA SERRANO.
Las relaciones entre países vecinos, no siempre son fáciles, la historia es pródiga en ejemplos de luchas, de rivalidades, de situaciones extremas, pero tampoco es menos cierto que la prosperidad de vecinos bien llevados, se multiplica con las buenas relaciones que ayudan a fortalecer los vínculos comerciales, a construir alianzas que redundan en beneficios para sus habitantes, especialmente de aquellos que viven en las zonas de frontera.
El Ecuador y Colombia, dos países que tienen mucho en común, no solamente la pertenencia a un mundo Andino que está necesariamente marcada por la geografía, que hace que también compartan otros espacios como el Amazónico, sino también una trayectoria cultural que se remonta al mundo precolombino, al de la conquista Incásica, y antes de ella a esa miríada de culturas preincásicas que poblaron esa región y que le dieron connotaciones culturales que son similares y que luego son también acentuadas por una común conquista y colonización española.
Los procesos independentistas consolidados gracias a liderazgos comunes, afianzaron la hermandad de los pueblos, que solamente se resquebrajaría luego de la desintegración de la Gran Colombia y del inicio de luchas que durarían por años, pero que finalmente desembocaron, pese a diferencias y a pérdidas territoriales, en extensos períodos de paz, que no deberían verse empañados por la actual crisis que tiene en la preocupación de Colombia por erradicar los cultivos de coca en la frontera con las discutidas fumigaciones con glifosato, que han originado múltiples reclamaciones del gobierno y de organizaciones ecuatorianas; así como también por las presuntas incursiones de los integrantes de las Farc en territorios de nuestro país, lo que motivó el ataque nocturno del ejército colombiano, el pasado mes de marzo, que indudablemente violó el espacio territorial del Ecuador.
Esta crisis tiene raíces, que se hunden en lo acaecido en los últimos años y que ha enturbiado la relación, pese a que el volumen de intercambio comercial parecería demostrar lo contrario, ya que la balanza comercial se ha incrementado de manera sustancial.
De igual manera, la migración masiva de ciudadanos de nuestro vecino del norte, y que ha contribuido con mano de obra calificada es cierto, pero también con el incremento de la delincuencia por un lado, y por otro con miles de refugiados que están pesando en la economía y en la atención social ecuatoriana, ha hecho que la correlación entre los dos países se torne mas compleja que lo habitual.
Es decir, seguimos compartiendo espacios e ideas, comercio e intercambio cultural, lo que no puede borrarse de un plumazo, ni con declaraciones más o menos pomposas, ni tampoco por irrupciones armadas que no tienen ninguna justificación.
Estamos "condenados" a vivir juntos, unidos por una cordillera que, cual columna vertebral, nos liga, así como por aguas comunes, las cuencas hidrográficas, que se dirigen a formar el caudal de agua más importante del mundo, el Amazonas; como también por una biodiversidad que, unida, da como resultante la zona más rica del mundo, con un aproximadamente quince por ciento de la biodiversidad mundial.
Por todo ello, debemos hacer esfuerzos, desde las diferentes instancias para limar las diferencias, para superar los escollos y continuar en los procesos de buena vecindad que tan buenos resultados producen.